LA PRENSA ESCRITA, EL PERIODISMO IMPRESO Y PERIODISTAS  PERDIMOS LA BRÚJULA

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A partir de las dos últimas décadas del siglo XX, con el advenimiento cada vez más explosivas, vertiginosas y cambiantes de las nuevas tecnologías de las ciencias de la información, la informática, la telemática y su impacto en la gran industria cultural y de consumo masivo; los grandes, medianos y pequeños medios de comunicación impresos tradicionales han ido perdiendo terreno de manera significativa, como referentes de la información y credibilidad entre los consumidores, especialmente en este siglo XXI y entre los públicos más jóvenes.

La irrupción de manera exponencial de aplicaciones y plataformas digitales enfocadas a “nutrir de información y entretenimiento” a una sociedad ávida por conectarse y comunicarse pero a su vez, paradójicamente,  más aislada en sus relaciones interpersonales, anteponiendo y dando prevalencia al contacto digital, que le facilita, por ejemplo, mientras se rasura ante el espejo del baño, un asiento en primera fila para observar los bombardeos sobre Kiev o Gaza y sus horrorosas imágenes, las que se difuminan entre el humo del café caliente mañanero.

Todo ello ocurre mucho antes que se seque la tinta de las primeras páginas de los periódicos matutinos o vespertinos. Frente a la inmediatez de la era digital y su capacidad de estar en vivo en los sitios donde se origina la noticia. Da igual que sea en la mañana, en la tarde o a cualquier hora de la madrugada. En la carrera por la primicia (el tubazo en el argot periodístico venezolano o la chiva en el colombiano), las viejas y modernas imprentas ya la tienen perdida desde antes de comenzar la partida.

La gran prensa enfrenta desde hace más de 50 años grandes desafíos que en la mayoría de los casos no los ha sabido encarar, no ha querido o simplemente ha sido arrollada por los grandes cambios vertiginosos que se vienen dando, de un tiempo largo ya, con las nuevas tecnologías. Desafíos significativos que van desde la pérdida importantes de audiencias hasta la cruel dicotomía entre la vida y la muerte de tales medios, donde la sobrevivencia es una lucha constante día a día.

Todo ello gracias al gran auge de los medios digitales y la influencia creciente de los llamados influencers. Estos últimos repartidos entre un pequeño segmento de profesionales capaces, ética y profesionalmente, para manejar, recabar, indagar, procesar y difundir la información con la responsabilidad consciente de saber que entre sus manos se moldea un producto que va más allá de la verdad o la mentira, cuyo alcance puede desencadenar, dependiendo la jerarquización y comprobación de la noticia, un impacto positivo o negativo dentro de una sociedad determinada. Que contrasta con el ejército de influencers que se abrogan y pontifican sobre un hecho noticioso de manera irresponsable, de una suerte de tómbola o rifa de hechos y sucesos, para amenizar y congraciarse con sus seguidores, que le retribuyen el favor dándole likes y sumando seguidores, para masajear el ego de tales sujetos, que no escatiman en venderse al mejor postor, así sea a un impresentable y sanguinario dictador, a cambio de un puñado de dólares en su intento por lavarle la cara al sátrapa de turno o congraciarse con los círculos de poder político, económico o los distintos grupos de presión social.

Por lo que el panorama para los medios impresos tradicionales es cada día más devastador. A medida que más personas se vuelcan hacia las diferentes plataformas en líneas para consumir noticias y entretenimiento, la vieja y paquidérmica industria periodística se ve forzada por obligación, en muchos casos sin convicción, a adaptarse a un cada vez más cambiante horizonte periodístico digitalizado.

Recuerdo en la ya lejana década de los años 80tas del siglo pasado, durante mis primeros pasos dentro del periodismo, el revuelo que causó la llegada de las primeras máquinas llamadas VTR al diario El Nacional, en su vieja sede de Puerto Nuevo a Puerto Escondido en Caracas. A los ojos de hoy, una enormes y vetustas máquinas terminales de incandescentes pantallas de color verde, que venían a facilitar las tareas de editores, correctores y diagramadores. Lanzando en varias tecleadas al cesto del olvido los tinteros, plumas y tipómetros (toda una reliquia de museo). Largas horas e interminables asambleas con periodistas y trabajadores de la prensa en las redacciones de los periódicos, convocadas por el Sindicato Nacional de Trabajadores de la Prensa, para enfrentar el “inminente peligro” que representaban las VTR para la estabilidad laboral de los profesionales de la información. Por ese entonces, los dueños de los medios tenían una mejor visión de lo que se venía en materia tecnológica. Con el paso del tiempo, los que no supieron adaptarse, simplemente fueron arrasados por la vorágine de la era digital.

De esos remotos tiempos, medios y periodistas empezamos a desorientarnos hasta llegar, en muchos casos, a perder totalmente la brújula ante la nueva bitácora digital. Los que no se montaron en la nueva nave ciberespacial simplemente perdieron no el tren sino todos los bytes y la memoria que llevan consigo la actualización constante en época de la información y la comunicación altamente digitalizada.

Uno de los principales factores que han contribuido a esta indetenible transformación ha sido la rapidez y la accesibilidad de la información en línea. Las redes sociales y las infinitas plataformas digitales permiten a los usuarios acceder a noticias en tiempo real, lo que contrasta con los ahora interminables y largos plazos de la prensa tradicional, a la luz de no sólo vertiginosos cambios de la información, segundo a segundo, sino también de las cambiantes e incontrolables ofertas tecnológicas para estar de manera casi omnipresente en los sitios de los acontecimientos.

Esto ha llevado, sin duda alguna, a una disminución significativa en las audiencias de los periódicos y revistas, aunque añoremos como lo es en nuestro caso, el armonioso crepitar ruidoso que se produce al pasar las hojas del papel del periódico y nos deleitemos con el aroma de su tinta fresca impresa en los mismos. Los nuevos consumidores de la industria cultural de la información se sienten más atraídos por la inmediatez, la veracidad y la variedad de voces para contrastar, altos valores referentes del periodismo, que ofrecen hoy los medios digitales. Por desgracia también a la desinformación, a la manipulación y los famosos Fakes News que pululan como moscas sobre los cadáveres de las noticias no verificadas.

Además, guste o no nos guste, los influencers han capturado, sobre todo los preparados y los profesionales del periodismo, la atención del público consumidor, especialmente entre las generaciones más jóvenes quienes, lamentablemente, muchos de ellos se conforman con “las informaciones bailables” de los tictokers, amos y dueños de la mala prensa y su mal ejercicio. Allí tenemos los retos virales que han cobrado algunas vidas, haciendo uso de manera negativa la combinación de entretenimiento con contenidos informativos.

La realidad es que estos creadores de contenido a menudo logran, para bien o para mal, conectar con sus audiencias de manera auténtica sin importar que apelen al engaño y a la argucia más allá de la ética del bien y el mal. Su capacidad para interactuar directamente con sus seguidores y ofrecer un toque personal del contenido, ha llevado a que muchos opten por seguir sus recomendaciones y opiniones en lugar de las noticias convencionales, que quizás aburran en sus formas de manejarlas y presentarlas a tales públicos.

No podemos dejar de lado también que la gran prensa, por intereses que van desde lo económico y político hasta los diferentes grupos de presión, que no escatiman en desacreditarla y cuando no lo logran simplemente la compran, en su conciencia o el bien físico de producción de noticias (edificios, imprenta, canales de distribución). El el caso de Venezuela en este sentido es palpable y comprobable como grupos económicos poderosos se hacen de medios tradicionales para ponerlos al servicio de una causa política en particular, y cuando no lo logran los confiscan, los cierran, los ahogan económcamente o los demandan para apoderarse de sus bienes y servicio. Golpeando irremediablemente la credibilidad a futuro del medio y espantando a sus seguidores.

En respuesta a estos retos, muchos medios tradicionales tuvieron que adoptar estrategias digitales para sobrevivir. Lamentablemente no todos lo logran, ya sea por falta de recursos, económicos y humanos, o porque simplemente llegaron tarde. Entre tales estrategias se cuenta el uso de las redes sociales para difundir su contenido, la implementación de modelos por suscripción en línea y la colaboración de periodistas influencers para poder llegar a audiencias más amplias.

En conclusión, la gran prensa y los periodistas tradicionales que no se adaptaron no sólo perdieron la brújula, sino que hemos perdido una batalla crucial frente a los medios digitales y los influencers. Se hace obligatorio revaluar nuestra relevancia y métodos de operación, presentación y manejo de la información en un mundo cada vez más digitalizado. Pero la guerra no está perdida, adaptarse a estos cambios es esencial para la supervivencia y futuro en medio de un ecosistema cada vez más mediático y en constante evolución. ¡La Prensa sigue gozando de buena salud! aunque sus pulsaciones hoy sean débiles, tanto que los influencers no permiten percibirla. El enfermo puede mejorar, así como aquellos pacientes transformadores de los hechos en noticias: los periodistas.

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